Nixon en China – John Adams
Ópera en tres actos
Libreto de Alice Goodman
Orquesta y Coro del Teatro alla Scala
Nueva producción del Teatro alla Scala
Producción de la Opéra de Paris
Con Nixon en China no se trata solo de un nuevo título o de la primera aparición de un nuevo compositor en el escenario del Piermarini, sino de un repertorio completo que constituye una parte esencial de la música del siglo XX. La primera ópera de John Adams cumple cuarenta años y se ha convertido en un clásico consolidado: el relato de la histórica visita de Richard y Pat Nixon a China, donde fueron recibidos por Mao Tse-tung y su esposa Chiang Ch’ing, presenta en un único fresco tanto un episodio de la historia reciente —hoy de nuevo sorprendentemente actual— como una mirada a la vida doméstica. La producción de Valentina Carrasco, creada en París, retrata con ingenio y elegancia tanto las maniobras de la llamada “diplomacia del ping-pong” como las personalidades de los protagonistas, encarnadas con fuerza por Thomas Hampson y Renée Fleming. Para la ocasión, Kent Nagano regresa al podio de La Scala.
Argumento
Acto I
En el aeropuerto de Pekín los contingentes del ejército chino esperan la llegada del avión presidencial «Spirit of '76», que lleva a Nixon y su grupo. El coro militar enuncia las «tres reglas de la disciplina» y los «ocho puntos para la atención». Una vez el avión aterriza Nixon aparece junto a la primera dama Pat Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger.
El presidente intercambia saludos con el primer ministro chino, Zhou Enlai, quien encabeza la fiesta de bienvenida. Nixon habla de la importancia histórica de la visita, de sus esperanzas y temores por el encuentro («Las Noticias Tienen una Especie de Misterio». La escena cambia al estudio del presidente Mao Zedong, donde este espera la llegada del grupo estadounidense.
Nixon y Kissinger entran con Zhou; Mao con el presidente conversan sobre banalidades mientras los fotógrafos inmortalizan la escena. En la discusión que sigue, los occidentales están confundidos por los comentarios gnómicos y con frecuencia impenetrables de Mao, que son amplificados por sus secretarios y a menudo por Zhou.
La escena se mueve al banquete nocturno en el Gran Salón del Pueblo. Zhou brinda por los visitantes estadounidenses («Hemos Empezado a Celebrar los Diferentes Caminos») y Nixon responde («He Asistido a Muchas Fiestas»), después de lo cual los brindis continúan a medida que la atmósfera se vuelve cada vez más agradable. Nixon, un político que hasta entonces se había destacado por su anticomunismo, anuncia: «Todos, escuchen; sólo permítanme decir una cosa. Me opuse a China, estaba equivocado».
Acto II
La primera dama cumple con su agenda cultural, visitando los lugares de interés en Pekín, tanto del presente comunista como de la antigua época imperial. Los obreros de las fábricas le regalan un pequeño elefante, ella con mucho gusto les dice que el elefante es uno de los símbolos del Partido Republicano que dirige su esposo.
Posteriormente visita una comuna donde es recibida con entusiasmo; al observar a los niños jugar en las escuela se emociona profundamente: «Solía ser maestra hace muchos años», canta, «y ahora estoy aquí para aprender de ustedes». Luego se traslada al Palacio de Verano, donde en un aria contemplativa observa un futuro pacífico para el mundo («Esto es Profético»).
Al atardecer, el grupo del presidente asiste a la tradicional ópera de Pekín como invitados de la esposa de Mao, Jiang Qing. Allí son convidados a presenciar la actuación de una ópera-ballet política: El Destacamento Rojo de Mujeres. Esta representa la caída de un cruel e inescrupuloso terrateniente (interpretado por un actor que debe parecerse mucho a Kissinger) a manos de valientes mujeres trabajadoras y revolucionarias.
La obra afecta profundamente a los Nixon; en un momento dado, Pat se apresura al escenario para ayudar a una niña campesina que —ella cree— está siendo azotada hasta la muerte. Una vez caído el telón, la mujer Mao, Jiang Qing, enojada por la aparente mala interpretación del mensaje de la ópera canta una áspera aria: «Soy la Esposa de Mao Zedong», alabando la Revolución Cultural y glorificando su parte en ella. Un coro revolucionario hace eco de sus palabras.
Acto III
Es la última noche de los estadounidenses en Pekín. Mientras se encuentran en sus respectivas camas, los principales protagonistas reflexionan sobre sus historias personales en una serie surrealista de diálogos entrelazados. Nixon y Pat su juventud y las luchas que tuvieron que enfrentar; Nixon evoca recuerdos de los tiempos de guerra («Sentados alrededor de la radio»). Mao y su esposa bailan juntos, mientras este recuerda a «la pequeña y sabrosa estrella» que llegó a su cuartel en los primeros días de la revolución. A medida que van recordando, Jiang Qing va afirmando que «la revolución no debe terminar». Zhou medita en soledad.
¿Ha tenido un significado histórico la visita? Sí... Pero Nixon y Mao se preguntan si han cumplido sus sueños de la juventud. El político chino deseaba realizar el ideal de una gran revolución asiática, y el objetivo en la vida del estadounidense había sido ser propietario de su propio local de hamburguesas. Solo el anciano Zhou Enlai ha renunciado a cualquier deseo y ya no tiene nada que temer ni esperar, terminando la ópera con un aria reflexiva, preguntándose: «¿Cuánto de lo que hicimos fue bueno?». Los primeros cantos de pájaros de la mañana lo están convocando para que reanude su trabajo, mientras que «fuera de esta sala, el frío de la gracia yace sobre la hierba de la mañana».